“Me metí el dedo… y olía a mí.” La cámara no parpadea. Ella tampoco. Se ríe, pero no se tapa. Levanta la blusa, baja la falda, y ahí está: su panza, redonda y suave, esperándote. El ombligo hundido, tibio, húmedo. Te invita con un dedo. Se toca. Aprieta. Lo abre. Y ese dedo se hunde, da vueltas, huele. Otra risa. Pero no se va. Se lo huele de nuevo. Dice que huele raro. Pero no para. Saca un hisopo. Lo mete. Lo revuelve. Como si el ombligo le hablara. Y vos lo escuchás. Se ríe. Lo huele. Se ríe más. Y sigue. Más círculos. Más olor. Más cerca. Como si encontrar suciedad ahí fuera un premio. Plano final: el ombligo en primer plano. Todavía húmedo. Todavía abierto. Todavía tuyo. — Te va a pasar. Vas a pausar en ese plano. Vas a mirar ese hoyito húmedo como si te hablara. Y cuando huela el hisopo y sonría otra vez… …vas a desear ser vos el que lo huele. Callate. Mirá. Y decidí si esto te excita… …o si solo te lo vas a guardar para más tarde. (200612_09)
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